domingo, 16 de febrero de 2014

Los formales y el frío


Me asaltó en uno de los pasillos del hotel de la avenida Callao, donde se realizaba el congreso Constitucionalismo Moderno Latinoamericano.
-Discúlpeme, doctor –dijo remarcando intencionadamente el “doctor” con cierto dejo de coquetería-, leí su ponencia con atención y como me interesa su opinión sobre los aspectos sociales de la propiedad privada en la Constitución de Sampay, quisiera saber si, siempre que fuera posible, claro, podríamos intercambiar mails para estar en contacto porque yo estoy haciendo un estudio comparativo entre la Doctrina Social de la Iglesia, la constitución Mexicana y la constitución del 49. Y, bueno, nada, se me ocurrió que usted podía ayudarme…- concluyó abriendo apenitas los ojos y ensanchando la mirada.
Lo primero que hice fue mirarla a los ojos y un segundo después me dije: “No bajé la mirada, no bajés la mirada”. Sosteniéndole la mirada, le respondo interesado por su pregunta. “Si, te puedo ayudar, claro ¿usted de dónde es doctora?” Ella, baja la mirada, y contesta, “rosarina”. Es rubia, estatura mediana, ojos verdes como un lago de montaña, muy delicada de rasgos, apenas delgada. Sencilla, con cara de buena piba, preocupada por la temática, por su carrera, por el futuro de los pobres en argentina. Imagino: hija de profesionales, típica clase media de la ciudad que da al río, tiene unos 30 años, casada o en pareja, sin hijos, se le nota, excelente estudiante, promedio superior a 9, educada, trabajadora, sin maldad pero sin inocencia, con picardía pero sin morbo.
Se entrecruzan un par de abogados más, me saludas por la ponencia, la saludan familiarmente a la doctora rosarina y se quedan conversando. Alguien dice: “¿che, almorzamos juntos en la misma mesa?”. La Rosarina me cruza una mirada que no llego a comprender pero que podría ser algo así como: “qué pena, me hubiera gustado almorzar a solas con vos” o “qué bueno que almorzamos todos juntos, así no es tan chocante” o “me gustaría ver cómo te desenvolvés en la mesa con los otros” o vaya uno a saber qué decía esa mirada que empezaba a gustarme soberanamente.
No sentamos a la mesa. Los dos abogados hablan distraídos de trabajo. Ella y yo nos cruzamos miradas tímidas, apenas descifrables sin dirigirnos casi la palabra. Uno de los comensales la nombra: María Fernanda. Le clavo la mirada. Ella sonríe como si alguien la hubiera presentado. Yo tomo una copa de agua tónica, ella inclina levemente la cabeza hacia la izquierda, y el cabello se le acomoda de una forma apacible, como si la acariciara. Sin quitarme la mirada de los ojos me alcanza las papas fritas a la provenzal, mientras los demás se reparten las milanesas. Alguien me pregunta algo y no sé muy bien que responderle y María Fernanda se sonroja apenas perceptible y apura el trago de Coca Zero. Minutos después, mientras cruzamos un par de frases circunstanciales, el mozo propone los postres: macedonia, flan casero, budín, vigilante y casata. Coincidimos con ella: budín con crema. Sonrío. Me gusta ese sortilegio de pisarnos para elegir el mismo postre “con una cucharada de crema”, decimos casi al unísono.

Al finalizar el almuerzo, mientras el debate sobre las internas de los colegios de abogados de las distintas ciudades daba paso a los sobrenombres crueles y a las indiscreciones sobre tal o cual romance furtivo en los juzgados, nos levantamos y sin razón, la mano de María Fernanda rozó la mía. Las yemas de los dedos comprobaron aquello que las miradas intuían. Entonces, puse mi mano sobre su espalda y le dije: “Adelante, pasá vos primera”. Ella me miro. Y me dijo: “Gracias”

Publicado en la revistá Bacanal, mes de enero de 2014.

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