viernes, 4 de mayo de 2012

Un león herbívoro

Sábado a la noche. Cae la tarde sobre Buenos Aires. Decido irme a bañar. Como si fuera la previa para una salida que no existe. Como cuando era una adolescente y sentía esa emoción previa a la salida, lleno de expectativas, abierto a un infinito de posibilidades. Decido bañarme. Como en un acto de instinto adolescenteprendo el equipo y pongo música a todo volumen: un combinado ochentoso que va desde Soda Stéreo a Sumo sin escalas, pasando, claro, por Fito, Charly y los Abuelos de la Nada. Me baño como un autómata, sin necesidad porque no voy a salir, y cuando salgo, después de hacer un esfuerzo para anudarme el toallón a la cintura, tomo el celular y llamo a Dashi para pedir Sushi. Siempre pido lo mismo: Hot Philadelphia, King Dragon, Shogun y Machu Pica y dos gaseosas para que no crean que como solo como un paria. La telefonista me dice siempre lo mismo: “Perdón, Señor, pero hasta su domicilio no llegamos”, como diciendo, “Nene, vivís de Corrientes para el sur, sos lo menos”. Y yo le contesto: “Qué raro, porque me traen siempre”. Resuelta y cocorita, pide que la espere un momento y tapa el auricular. Cuando regresa me dice: “Sí, señor, perdón por la demora, se lo enviamos a su domicilio, ¿verdad?”. Una hora después suena el timbre. Estoy en zapatillas sin medias, mi shorcito deportivo con el escudito de River y una chomba de un color que no combina con ningún color inventado. Tomo las llaves y abro la puerta descuidado, cuando me doy vuelta la veo a Irina de pie, con una remera de cuello ancho clarita y una minifalda colorada. Me asusto, obvio, no la esperaba. -Se te escapó el Enzo- dice con el Enzo en los brazos que me mira con cara de hacerse el boludo. Intercambiamos unas palabras y la invito a pasar. Me dice que no tiene nada que hacer, que sí, que le encantaría cenar conmigo. Le dijo: “Esperame que pido sushi, entonces”, y voy a mi habitación a hacer como que llamo al delivery. Cuando vuelvo al comedor, ella está sentada sobre la mesa con las piernas recogidas y apoyados sobre una silla. La miro. Está bonita. Más madura. Más mujer. Disimulo la sonrisa. Hace una morisqueta de nena y larga la risotada. No termino de sentirme incómodo. Irina actúa distinta. -¿Te pasa algo?- le pregunto. -Nada, estoy contenta de verte ¿Está mal que esté contenta? -No obvio que no- respondo alarmado. Estamos a un metro y medio de distancia. Ella pone su mano en mi pecho. El gesto es indisimulable. Su mirada enamorada, también. “Sabías que ya cumplí 20”, me dice invitadora. “Me imaginé, porque la gente suele cumplir años”, le digo un tanto antipático. Me acerco un poco más. -Estuve pensando mucho en vos y llegué a la conclusión de que sos un poco tontín y te creés todo lo que te digo… -No entiendo… -Sí que entendés. Y también sabés que lo que te dije aquella vez era mentira… La miro. Entiendo. Podría aliviarle el trabajo, pero no tengo ganas. -¿Qué cosa era mentira, nena? -Eso de que sos viejo -juguetea- Bah, viejo sos, pero me gustás igual… Te lo digo, porque me parece que vos mucho no nos entendés a las chicas. Podría haberme sentido orgulloso, es cierto. También podría haber manejado la situación, claro. Sin embargo, percibí otra vez esa sensación de que el mechón de cabellos sobre la frente se me encanecía cada vez más, que la piel de las manos se me agrietaba con cada segundo que pasaba y que el cinturón estaba a punto de ahorcarme por los kilos de más que llevaba encima. Ya había herido mi orgullo de macho. De todas maneras, la besé en la boca. La miré nuevamente y le dije segundos antes de que tocara el timbre del delivery: -Ya es tarde, nena. Con vos soy un león herbívoro…

domingo, 8 de abril de 2012

Manifiesto de Onán



Nada más desesperante que ver un partido de fútbol por televisión para cuatro amigos acostumbrados a ir a la cancha desde hace casi un año. No se puede gritar, no se puede insultar, no se puede descargar los nervios, ni comprar hamburguesas a precio euro, ni mirar chicas bonitas con la camiseta de River. Sólo queda sufrir. El partido es con Defensa y justicia, un equipo del Nacional B, con camiseta verde y amarilla, que, como si fuera poco, nos pega un baile impresentable. El dueño de casa, Ezequiel, prepara Campari con hielo y jugo de naranja; Lucas, el asesor del senador, corta el arenque marinado, Mariano, la longaniza tandilense y yo me encargo del brie y el queso de cabra. En el entretiempo, Ezequiel pregunta irónico:
-¿Así que la viste a la mina esa de Praga?
-Sí… -respondo.
-Una jodida lo que te dijo- tercia Mariano, solidario.
Durante los cinco minutos siguientes se viene un rosario de lugares comunes en contra de las mujeres. Mientras vemos la repetición de los goles, Mariano, que quizás es el más obvio de los cuatro, concluye: “Y bueh… Digan que son necesarias, que si no…” Lucas levanta una ceja. Está por hablar, pero Ezequiel lo interrumpe. Relata un par de anécdotas de dolores infringidos por mujeres en su juventud. “Por eso, a ponerla y sacarla y nada de palabras dulces”, asegura con suficiencia. Mariano vuelve a la carga: “Claro, pero utilizan todo el tiempo el sexo como método de extorsión”, sostiene. Se rasca la cabeza, mientras se manda una lonja de salame mientras lo corta. “Eh, che, pará que terminemos de cortar”, le espeto. Con la boca llena, continúa con su prédica: “Yo estoy convencido de que a las mujeres no les gusta tanto el sexo –dice con ingenuidad- Entonces, como pueden dominarse se aprovechan de nuestra debilidad. Los usan como intercambio, como una mercancía. En los trabajos, en la calle, en los noviazgos, los matrimonios. Como promesa, como prenda de negociación. Las machistas, las feministas, las inocentes, las guarras. Siempre están dispuestas a bajarse un poquito el escote para sacar una ventaja y luego a levantarse el pantalón cuando consiguen lo que quieren”. Meneo la cabeza. No estoy muy seguro de los que dice Mariano. “¿Vos decís que no? -me interrumpe antes de que pueda hablar- Ellas nos usan. Si están excitadas, para gozar, si no lo están, para negociar. Es así, es así”, repite con resentimiento.
Lucas suspira autosuficiente. Nos mira como con desdén malicioso. “Muchachos, hablemos en serio. No cabe duda de que las mujeres utilizan el sexo como herramienta de extorsión y negociación. Y cuánto más lindas son, más lo usan. El sexo tiene la lógica del mercado: las más lindas valen más y por lo tanto tienen un precio más alto. Tienen algo que nosotros deseamos y están educadas para eso. Su principal herramienta es la histeria seductora. Con ella consiguen lo que quieren. Ellas están educadas para contener, nosotros para ponerla, ponerla y ponerla… Con este esquema, vamos a seguir dependiendo de ellas por los siglos de los siglos, viejo”, dice sobreactuando el enojo.
-¿Ergo…?- pregunta Ezequiel, y le acerca el trago.
-Entonces, hay que aferrarse a la masturbación…
-Nunca mejor dicho- responde Ezequiel y sonríe. Lucas sigue con su Manifiesto Onanista:
-Porque la masturbación es la principal herramienta de liberación masculina. Nos independiza, nos libera, impide que seamos prisioneros de nuestra propia debilidad carnal. El Onanista es el verdadero revolucionario porque pone en jaque el “creced y multiplicaos”, hace temblar los cimientos de Occidente, pone en juego la reproducción de la especie y, sobre todo, rompe con la lógica del capitalismo sexual, del supuesto libre mercado amatorio.
Ezequiel se ríe divertido. Mariano aplaude y lanza un “que viva el dotor, que viva el dotor”. Lo miro y le preguntó: “¿Qué pasó, Lucas, andás con revival adolescente?” Me mira, y entre risas me responde: “Perdón, es que hoy me desperté un poco trotskista”.

Publicado en Revista Bacanal, en el mes de abril de 2012.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Estocada



Primera quincena de febrero. Casa en mar azul, a dos cuadras de la playa. Tipo Alpina, con garage y parilla a un costado. Draculita y Martín se dedican a cazar caracoles de tierra, mi vieja prepara las ensaladas, mi viejo un cordero a la parrilla. Por primera vez en tres días de vacaciones tengo siete minutos y cuarenta y dos segundos de paz. Me siento en la silla playera al borde de la pileta. Ver hacer el asado a mi viejo siempre me produjo una mansa melancolía, como si se tratara de un sereno regreso al territorio de la niñez. Me sirvo un vaso de Syrah, la uva de la última de cena de Jesús, y pruebo el vino. Abro el libro de Poesías Completas de Edward Estlin Cummings que me acompaña desde la noche en que con una novia de la adolescencia descubrimos en la película de Woody Allen Hanna y sus hermanas uno de los poemas más bellos escritos jamás. Leo los últimos versos:

“Nada de lo que podemos percibir en este mundo se compara
con el poder de tu intensa fragilidad: cuya textura
me fuerza con el color de sus tierras,
mostrando muerte y eternidad con cada respiración
(no sé que hay en vos que se cierra
y se abre; sólo que hay algo en mí que entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas”.

Pienso unos instantes en aquella muchacha con la cual creíamos que inventábamos el amor. Esos amores debutantes tienen la dulce soberbia de hacer creerles a sus protagonistas que nadie los puede comprender porque ellos viven algo único, indiviso, excepcional. La acidez en la boca del estómago me demuestra que ya estoy demasiado cínico para las nostalgias sentimentales y cierro el libro. Mi viejo me pregunta sarcástico: “Flaco ¿vas a seguir jugando mucho más al Primero de Mayo? Armate la picada, dale”. Dejo el libro, voy a buscar los ingredientes y sentado a la mesa preparó una picadita.
La cena transcurre apacible y los chicos se duermen relativamente temprano. Fueron las primeras vacaciones después 20 años que las volvía a pasar con mis viejos. Luego de que todos se retiraran a dormir, aprovecho para tomar el coche e ir a dar una vuelta por Mar de las Pampas. Estaciono y comienzo a caminar solo entre la gente divertida y sonriente. Siempre me ha parecido que la peor condena para un fracasado es contemplar la felicidad ajena. Y siempre he tenido la mala suerte de encontrarme casualmente en la calle con las mujeres en posición sumamente desventajosa.
Bronceadísima, claro. Resplandeciente. Con su pelo lacio, negro, suelto como una injuria. Lleva un solerito veteado muy, pero muy cortito. Y sonríe. Divina. Está acompañada de su marido, obvio. Alejandra me saluda, perversa. Se detiene. Me lo presenta. Él, un tipo agradable, pintón, bien seguro de sí mismo, me semblantea, reconoce que no soy competencia y le dice: “Amor, entro al pub, te espero con los chicos, ¿dale?”. Me mira y dice simpático: “Un gusto, eh, permiso”. Nos quedamos solos. Me mira. Sabe que estoy absolutamente derrotado, hundido en la soledad más desértica. Y hunde el acero de sus palabras: “Qué bueno verte… Te quería agradecer… Me serviste… -hace una pausa cruel- Me serviste para darme cuenta cuál era mi verdadero lugar. Y al mismo tiempo, descubrir lo que realmente quería. Quiero que sepas que soy muy feliz, y bueno, nada… me encantaría que vos pudieras rehacer tu vida”, dice, me da un beso cercano a mi boca y se va. Yo siento un ardor en el estómago. Las piernas me tiemblan. Disimulo. La estocada caló honda. Sigo caminando rumbo a la playa con el estoicismo de un Marco Aurelio. Intuyo el mar, lo escucho como un animal furioso. Miro a la negrura que brama y sonrío meneando la cabeza: “¿Cómo podés ser tan terrible, hermosa y adorablemente hija de puta, Alejandra? ¿Cómo podés?”, repito riéndome solo.

Publicado en revista Bacanal del mes de marzo de 2012.

lunes, 2 de enero de 2012

Canción de invierno



Martín estaba serio. Visiblemente incómodo. Molesto. “El año que viene no quiero ir más a la escuela”, dijo refunfuñando. Draculita, en cambio, estaba de lo más feliz: “Estoy contenta de que vuelvas a ser el novio de mamá, papi”, anunció segundos antes de que la milanesa intentara asfixiarme y la Flaca se acomodara el pelo detrás de la oreja y con todo el rubor en el rostro le dijera: “¿De dónde sacaste esa tontera, Fiore? Me parece que te está llamando la cama a vos…” Fiorella sonrió y sentenció: “Ah claro, claro, me mandan a dormir porque digo la verdad, ahora”. Martín, también se levanta y avisa: “Mejor yo también me voy”.
Quedamos solos a la mesa, como en los viejos tiempos. Cuando los chicos eran pequeños y después de cenar se entrelazaba una complicidad entre ambos, una felicidad serena, de miradas que decían lo que nuestros labios no se animaban a decir: “¿Estamos haciendo bien las cosas, no, amor?”. Y después llegaban las caricias tiernas, las miradas convidadoras, los besos pretendientes. Y luego, claro, a la cama, donde la felicidad se retorcía primitiva entre las sábanas. Nada, ni siquiera la pasión de los primeros tiempos se asemeja a la forma de hacer el amor de un hombre y una mujer que llevan adelante un matrimonio feliz. Nada se asemeja a esa complicidad, a esa experiencia consabida de los cuerpos, las palabras justas, la intensidad necesaria de las caricias, el conocimiento de los recovecos siempre redescubiertos.
No me pregunten exactamente qué es. Pero hay un gesto en su rostro, un achinamiento en los ojos o la forma en que entreabre los labios que demuestran que la Flaca necesita amor. Comienza a hablar de las tristezas, de los fracasos, se queja contra las leyes del universo, protesta porque las cosas nunca vuelven a ser lo mismo. Entonces, pruebo: “Sólo falta que me quede a dormir”. Entonces, ella me mira cómplice, como quien recuerda una vieja tonada cantada a dúo: “Y ella también probó, y ¿por qué no te quedas? Y él sin mirarla: No, no me lo pidas dos veces”. Reímos, entonces me acerqué y la besé, la acaricié, la envolví, me besó, me abrazó, nos tocamos, nos desvestimos, fuimos descubriendo lo descubierto, lo tan ansiado y consabido, y nos reconocimos, nos volvimos a conocer, nos reencontramos, y ella se abrió y yo la invadí y ella lloró, apenas, y yo continué, y ella se movió debajo de mí, y yo la volví a besar, entonces ella me tomó del rostro y me miro fijo y comenzó a acabar y acabar lentamente, y yo me apuré, y me apuré y me apuré, y terminé en ella, mirándola, sabiendo lo que los dos sabíamos. Me acosté a su lado, ella suspiró. Me miró con ternura. No había amor en sus ojos, pero ya no había desdén. No existía en su mirada ese rechazo incontenible con el que me hería cada vez que posaba sus ojos en los míos.
Se levantó, trajo dos cafés a la cama. Yo estaba confundido, pero tenía una sola certeza. Tomamos el café lentamente, como quien sabe que ese sí es el último café. Mientras sorbía el brebaje caliente, mirando fijamente la pared, sugirió: “Cuando terminemos el café, va a ser mejor que te vayas”.
-Sí, claro, por los chicos… -atiné a responder por delicadeza.
-No, por nosotros, obvio… -dijo melancólica.
Yo terminé el café, me levanté, me vestí. La besé en la boca. Ella hizo un gesto de tristeza. Habíamos repetido una fórmula, pero no había funcionado. Crucé la casa a oscuras y en silencio para no despertar a los chicos. Abrí la puerta. Me subí al auto. Puse las manos en el volante y otra vez me asaltó la certeza de saber que ahora, recién ahora, estaba absoluta, completa, y terriblemente solo. Arranqué. En la radio Silvio Rodríguez cantaba Canción de Invierno. Canté bajito repitiendo certezas: “La angustia es el precio de ser uno mismo”. Y lloré, claro. Como nunca había llorado por ella en los últimos meses.

Publicado en revista Bacanal en el mes de enero de 2012.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Malas señales



La primera señal de alerta la percibí un lunes frío de octubre. Fui a buscar a los pibes a la casa de la flaca y ella tenía una mirada lánguida, el cabello apenas despeinado, acomodado atrás de las orejas y cuando levanté a Fiorella sonrío y suspiró. La miré y pensé para mis adentros: “Algo le pasa, está distinta”. Temí lo peor, claro. Que su nuevo amiguito “le había hecho un pibe” y no sabía de qué manera decírmelo. Iba en el auto con los chicos, tratando de hacerme fuerte y pensaba que ya era hora de que me olvidara de mi matrimonio, que después de todo sólo quedaba la música de nuestro amor, que habíamos logrado tener una separación en buenos términos, que después de un año me había habituado a ser este perdedor solitario, empecinado, autoboicoteador, fóbico, desaxeuado, panzón, desgreñado, desordenado, abúlico, consumidor de películas medievales, capaz de encerrarme días enteros a mirar Lost, Tudor, Roma, The Game of Thrones, lector voraz de historia antigua, cuyo único deporte para dormirse las noches de insomnio es recitar una y otra vez el listado completo de emperadores romanos desde Octavio Augusto hasta Rómulo Augusto…
-Papiiii…
-Qué Fiore, ¿qué?
-No me escuchás nunca vos –protesta haciendo pucheros Draculita.
-Estoy manejando, Fiore, ¿qué pasa?
-Nada, que me parece que nos vas a tener que comprar un gato como Enzo o un perro si no…
-¿Para qué querés una mascota?
-Es que hace mucho que no viene Rocky y lo extrañamos… Y mamá está como triste y no quiere jugar con nosotros…
-Ah… -silencio imperturbable- bueno, veamos…
Definitivamente, esta vez la señal era clara. La flaca no estaba pasando un buen momento. Respiré aliviado. Seamos sinceros: Nunca deseamos que nuestras ex parejas sean más felices que nosotros. No digo que queramos verlas hundidas en el noveno círculo del infierno dantino, tampoco las pensamos viudas sufridas que estén colgadas de los momentos felices vividos juntos. Pero que nos enrostren su felicidad en la cara es demasiado. Demasiado. Por esa la fórmula ideal es: que sean apenas un poquito menos felices que uno. Y si yo seguía sin poderme levantar, no era justo que la flaca siguiera siempre resplandeciente.
La tercera señal la tuve a la semana siguiente, una noche que llevé a los pibes a nuestra ex casa. La flaca estaba con el pelo suelto con furor, con la cara despejada de maquillaje como a mí siempre me gustó, con dos aros largos, y solerito de gasa, floreado. Se me acerca, me da un beso, la huelo: el perfume que usaba cuando nos conocimos. Vuelve a sonreír, pudorosa. Se acomoda el pelo detrás de la oreja. “Querés entrar a tomar un café”, invita, mientras Fiorella se aferra a mi mano. “No puedo, tengo una reunión”, digo más por miedo que por convicción. Y ella me semblantea y concluyé: “Estás más flaco, ¿puede ser?”. Levanto los hombros como diciendo, “no sé, no me importa”, pero sí me importa y la vuelvo a besar.
La cuarta señal se produjo el domingo en que River perdió de local con Atlético Tucumán. Estábamos con Lucas, Ezequiel y Mariano en la platea media refunfuñando como zanguangos –si es que los zanguangos refunfuñan- cuando sonó mi celular. Era la flaca, claro:
-No sé, pensaba que estarías mal y quería llamarte…
-… Bueno, gracias, no sé qué decirte…
-No, nada, pensaba que si querías, hoy podías quedarte a cenar con nosotros en casa, así te va un poco la mufa…
Corto. Preocupado. “¿Pasó algo, queriiido?”, pregunta Ezequiel con ese tonito insoportablemente adorable. “Sí, me llamó, la Flaca…” Los tres me miran repentinamente, asombrados. “¿y?”, interroga Mariano. Miro el avance de Atlético Tucumán y respondo: “Creo que estamos en problemas”.

Publicado en la revista Bacanal, el mes de diciembre de 2011.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Maquiavelo in love


Viernes al mediodía. La cita es Kensho. Lo elige Ezequiel, obvio. Comida extraña. Comida orgánica. Ambiente blanco. Música zen. Cocina abierta, a la vista. Lo miro a Ezequiel con cara de pocos amigos. Me dice: “Dale, entregate, no podés vivir a milanesas napolitana todos los días”. Leo la carta: Ceviches de hongos, risotos de quinoa, quesos de castaña, hamburguesas vegetales, helados de cedrón. Comienzo a percibir un terror gastronómico importante, la sensación de que me voy a morir de hambre por el resto de mi vida. Ordenamos el menú. Pido unas miniaturas Zen, de entrada, y las hamburguesas de hongos. Le desconfío, claro. Pero debo admitir que vale la pena la experiencia.
Lucas suspira. Se siente cómodo. Está diferente. Contento. Twitea con su BB y habla por su IPhone con el senador. Hacemos un primer acercamiento a la política. Lucas mira displicente a Ezequiel, con cierto aire sobrador y Mariano se aburre un poco. Yo aprovecho para estudiarlos a ambos. No entiendo cómo pueden ser amigos. Supongo que se atraen mutuamente por sus diferencias. Lucas es un exponente de la realpolitk, Ezequiel es un esteta de pensamiento moderado y correcto; Lucas es brutal y efectivo, Ezequiel sobreactúa la ingenuidad para lucir elegante; Lucas no cree en el hombre, Ezequiel siente cierto desprecio por él; Lucas sabe de política, Ezequiel, de literatura.
El mozo trae limonada con gengibre. Es agradable al gusto, pero yo temo indigestarme con este brebaje sospechoso. Pido una cerveza artesanal. Mariano dice: “Ezequiel es un terrorista gastronómico, definitivamente”. Y comienza con nuestro tema predilecto: Minas. Después de un primer momento de aprobación general de tal o cual mujer, pasamos a la segunda instancia: la queja. Finalmente, llegan las soluciones. El encargado de explicarnos cómo interactuar con el temible mundo femenino es, esta vez, Lucas. “Todo está en el Príncipe de Maquiavelo, muchachos, no le den más vueltas”, dice resuelto y enumera las diez verdades florentinas:
1) Es preferible ser temido que amado por ellas. Es decir, siempre es bueno que una mujer ame estar con uno, pero hay que generar esa sensación de inseguridad en ellas que les haga tomar conciencia de lo que pierden si nos pierden.
2) Para conquistar a una mujer hay que provocarle dos sensaciones diferentes pero complementarias: a) ofrecerle protección, b) hacerle creer que uno no las quiere cambiar, que respetará sus costumbres y sus libertades.
3) Si estás en una fiesta y hay dos mujeres solas, nunca apuntes a la más bonita. Si la más linda te dice que no, la otra no querrá rebajarse a aceptarte. En cambio, si apuntas a la menos bonita, es posible que generés curiosidad en la más bella. Y seguramente, la otra te dirá que sí para darse importancia.
4) Siempre hay que demostrar fortaleza, pero más importante es la posibilidad de prometerle felicidad a largo plazo.
5) Cae en la ruina personal el hombre que hace demasiado fuerte a una mujer. Uno nunca debe demostrar que la necesita. Excepto que ella necesite eso y uno le esté mintiendo.
6) No sólo hay que preocuparse por el presente, hay que prever cómo resolver los males futuros, sobre todo, cuál será la estrategia para poder desprenderse de las mujer conquistada.
7) A una mujer no hay que ofenderla jamás. Es preferible anularla totalmente, o nunca ofenderlas con nimiedades, porque una mujer despechada es una potencial vengadora, la destruida, no.
8) Con una mujer es preferible ser impetuoso que circunspecto, porque la mujer es como la fortuna, hay que maltratarla y ponerle un freno si se la quiere dominar. La experiencia demuestra que se deja convencer por quienes actúan fríamente.
9) De todas maneras, la mejor fortaleza es tener una mujer enamorada, porque ella evitará las conspiraciones y los engaños.
10) Un hombre debe ser temido por su mujer pero jamás debe ser odiado o despreciado. Para que esto no ocurra debe mostrarse magnánimo y evitar aparecer voluble, frívolo, pusilánime, irresoluto.

Lucas hace un silencio. Suspira como quien le encontró la vuelta al mundo. Entonces, Mariano dice: “En síntesis, como dijo Maquiavelo… El fin justifica los medios”. Lucas pone cara de disgusto y concluye: “Maquiavelo nunca dijo eso, y vos, flaco, no vas a cazar un fulbo en toda tu vida”.

Publicado en el número de noviembre de la revista Bacanal.

martes, 4 de octubre de 2011

¿Somos los hombres histéricos? II


Caminaba por el barrio. Me gusta andar las calles que transitó Leopoldo Marechal en el Adán Buenosayres. Desde Corrientes, tomar Gurruchaga, pasar por la Iglesia del “Cristo de la Mano Arreglada” y luego perderme por Tres Arroyos hacia esas esquinas de casas bajas y atardeceres que recuerdan que hay todavía una ciudad que ya no existe. Pensaba en que se estaba por cumplir un año de mi separación y que aún no se avizoraba en el horizonte la posibilidad de salir del abismo personal en el que me encontraba. Un sinsentido, una desesperanza, una sensación de que ya no tengo mucho más que esperar de la vida, que ya todo pasó, que sólo quedan en mí los fantasmas de una vida. Recuerdos, gente que ya no veo, afectos desaparecidos, una juventud que ha devenido en la presunción de que ya es imposible amar, en el prejuicio de que la felicidad no existe, en esa “segunda inocencia que da en no creer en nada”. Al llegar a Warnes sonó mi celular. Un número desconocido. O al menos que no recordaba. Atiendo y escucho una voz cansina, resquebrajada: “Hola, pibito”. Detengo mi camino. “Alejandra”, balbuceo. “Necesito verte”, suplica. Arreglamos.
Miércoles a la noche. La cita es en M, en el oscuro corazón de San Telmo. Elijo una mesa escondida. Me siento a esperarla. Abro el libro para que el tiempo pase más rápido. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Leo un par de páginas. Me impaciento. Vendrá. Siento que mi corazón palpita. Un ardor se aloja en mi estómago, me tiemblan las piernas, me cuesta respirar, se me seca la boca. Miro el reloj, faltan 7 minutos para la media hora de retraso. Me impaciento, miro el celular. Está muerto. Nadie llama. Nadie. Podría haberme avisado, pienso. Y no dejarme plantado. Abro el libro nuevamente. Ya no puedo leer. Pienso en que al minuto 35 me voy sin esperarla más. Que podría haber tenido la delicadeza de llamarme, al menos, y decirme que me iba a dejar plantado…
Está vestida con un vestido corto, con los hombros descubiertos, medias negras y botas. Lleva el pelo con una cola que nace arriba de la nuca, y un flequillo escalonado hacia un costado. Tiene la cara sin maquillaje, excepto los ojos delineados de negro. Está más flaca. Al verla entrar me doy cuenta de que su belleza me perturba. Es imposible de explicar, pero es como si la conociera de toda la vida, como si yo mismo no hubiera existido antes de haberla visto por primera vez. Sonríe, me da un beso en la comisura de los labios, se detiene a olerme. Se sienta, me mira y resume: “Me equivoqué. Cometí el error de mi vida”. Levanta la vista. Hay algo diferente en Alejandra. Todavía no descubro qué es. Tomo su mano instintivamente y la retiro rápidamente al sentir el metal de su anillo.
Ella empieza a hablar. Está hermosa como siempre. Un poco menos pizpireta, más apagada, entristecida. Hablamos horas y horas. Ella se mueve lentamente. Y mira pocas veces a los ojos. Yo comienzo a darme cuenta de que manejo la situación. De que no es la misma Alejandra que conocí en Praga. Hay algo corrompido en ella. Y es su mirada. Sus ojos demuestran fragilidad, ansiedad, dependencia. Por momentos, me percibo como un animal acorralado. Ella tiene una mirada suplicante, como si anhelara nada más que lo posible.
Terminamos de cenar. Se ofrece a llevarme a mi casa. Conduce bien, segura, canchera. Conduce como es ella. Llegamos a la puerta de casa. Me dice sugerente: “No sabés lo que daría por volver a esa noche de Praga…” Y luego, invita: “Quisiera volver a verte con más tiempo”. Dudo: “Sí, obvio”, respondo. Ella hace un gesto de extrañeza y se acerca para besarme. Siento el gusto de su boca. Bajo la mirada. Alejandra me mira a los ojos y pregunta: “Decime ¿Vos sos histérico, pelotudo o simplemente hijo de puta?”. Intento defenderme. “Bajate, bajate… -ordena- Yo no estoy a punto de arruinar mi vida por un pusilánime”. Me bajo, ella arranca súbitamente. Me quedo parado en la vereda. Sonrío. Siento que vuelvo a estar enamorado de Alejandra como el primer día.

Publicado en la revista Bacanal del mes de octubre.